
A principios del siglo XX, el escultor norteamericano George Grey Barnard se mudó con su familia a Fontainebleau, una localidad situada al sur de París, donde realizaría —al menos, lo intentaría— la obra más ambiciosa de su vida, una estatua para el Capitolio de Pensilvania. Sin embargo, cuando superaba el ecuador del encargo, los pagos desde Norteamérica comenzaron a fallar, llevando al artista prácticamente a la ruina. Pero la suerte no lo esquivó del todo. Una mañana, Barnard salió de pícnic al campo con su mujer y su hija, cuando un estrambótico detalle le llamó la atención: en una granja, dos antiguas esculturas de la Virgen hacían las veces de ponedero de huevos para las gallinas.

















