
Hubo un tiempo en el que una ardilla podía cruzar Madrid de sur a norte saltando de quiosco en quiosco sin tocar el suelo. Y no digamos Barcelona, cuyos quioscos de periódicos en las Ramblas eran tan frondosos que siempre se caminaba a su sombra. Yo vengo de ese tiempo, no tan lejano, en el que los quioscos de periódicos eran elemento fundamental para la transmisión de cultura popular; mucho más que las librerías.
Las librerías estaban reservadas a la cultura más selecta, la de la la filosofía de Zubiri y los Renglones torcidos de Luca de Tena.

















