
Se apaga la luz. Al centro de la sala llega alguien que comienza a hablar con una voz aguda e ininteligible, corta, veloz. A sus espaldas, dos pantallas proyectan en un texto la interpretación de su lengua, una lengua que no se entiende pero que, sin embargo, a todos les resulta demasiado cercana. Recuerda a la de un videojuego, un robot o un audio hipersaturado. Es la lengua de la era digital. Cuando habla, lo hace con un movimiento espasmódico y repetitivo que le hace ondear la melena larguísima como si fuese parte de un diseño audiovisual previo.
Leer más: El movimiento corporal de una generación postinternet frustrada
















