
En tiempos de Netflix, de algoritmos y nubes, lo físico se ha convertido en un acto de rebelión. La película analógica parece un objeto del pasado. Ahora los directores hacen sus obras con escuadra y cartabón, mediante fórmulas matemáticas que dicen dónde hay que meter un giro para que el espectador no se vaya a otro título de la plataforma. Estas rarezas que atentan al statu quo se proyectan también de forma analógica, sin digitalizar la película. Rodar así no es un capricho, no es un canto a la nostalgia, sino una decisión moral y política que coloca al director en un lugar concreto.
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