
Era un buen tipo que mantenía una liturgia secreta con la heroína. Gastaba gafas de sol y caminaba a oscuras, entre las sombras, repartiendo el peso de su soledad por las calles del centro; una deriva que siempre terminaba en el mismo sitio, frente a la penúltima copa, junto a fantasmas que no se dejaban vencer. En una de esas lo conocí. Se llamaba Julián Infante y alimentaba su imagen de la misma manera que otros alimentan su desencanto, como una pose que acaba echando raíces en lo más profundo. Creyó ser su propio retrato robot y eso es algo que siempre trae consecuencias.

















